La locura que viene de las ninfas



El primer ser sobre la tierra al que Apolo habló fue una ninfa. Se llamaba Telfusa y enseguida engañó al dios (…) Apolo buscaba su lugar. Quería fundar su culto (…) Telfusa vio la llegada de Apolo como una calamidad. Y enseguida, ocultando su ira, lo engaña. Aconseja al dios ir a otro lugar, porque su majestuoso santuario será molestado por el «fragor de las yeguas y las mulas» de la ninfa, que «beben en sus sagradas fuentes». Los visitantes mirarían más a las yeguas que al templo, dice Telfusa con deliciosa, pérfida ironía, y agrega: más adecuado a Apolo es un lugar áspero, escarpado, allá donde las peñas del Parnaso se rompen en una barranca.
Apolo, desconocedor de la situación, sigue el consejo. Descubre un lugar que será Delfos - y su «fuente de hermosas aguas», rodeada por las espiras de una descomunal dragona, que mata «a quienquiera que la encuentre» -. Será en cambio Apolo quien la matará y la dejara pudriéndose al sol. Es esta su gran hazaña, su gran culpa. Lo primero que le vino a la pensamiento a Apolo, luego de matar a Pitón, fue que la primera «fuente de hermosas aguas» lo había engañado. Volvió sobre sus pasos. Provocó un derrumbe de rocas sobre la fuente de Telfusa para humillarla a su corriente. Luego elevó un altar a sí mismo y le robó a Telfusa hasta su nombre, haciéndose llamar Apolo Telfusio (…) Todo esto da una impresión, casi óptica, de desdoblamiento, como si un mismo evento se hubiera manifestado dos veces: una vez en el dialogo engañoso y malicioso entre el dios y una ninfa, otra en el silencioso duelo entre el dios-arquero y la dragona enroscada. En el centro, en ambos casos, hay una fuente que brota. y en las dos ocasiones, se trata de la historia de un poder destronado. La ninfa y la dragona son guardianas y depositarias de un conocimiento oracular que Apolo viene ahora a sustraerles. En todas las relaciones entre Apolo y las ninfas - relaciones tortuosas, de atracción, persecución y fuga, felices sólo una vez, cuando Apolo se transformó en lobo durante el coito con la ninfa Cirene (…)

Pero no solo en el conocimiento oracular, también en el uso de su arma Apolo es deudor de las ninfas: fueron ellas quienes el enseñaron a tensar el arco. en cuanto a la adivinación, en el himno a Hermes se alude a ciertos seres femeninos que fueron para él "maestras": tres mozas aladas (…) Apolo se mostró impaciente por librarse de ellas. Quería borrar toda reminiscencia de los orígenes de su poder soberano (…) Hacia Telfusa como hacia las trías, Apolo siguió el mismo impulso: menospreciar, humillar a esos seres femeninos potadores de un conocimiento anterior a él (…) Ahora podría revindicar sólo para sí mismo el hecho de conocer el pensamiento de Zeus. Ésta fue la primera y la mas pura mentira de Apolo (…) Mucho antes de Apolo, había sido la propia serpiente Pitón quien practicaba la mántica en Delfos. Y que, antes de Apolo, ya Dioniso pronunciaba oráculos allí.


En espera de que apareciera el "hijo más fuerte que su propio padre" vaticinado por Temis, que destronaría, Zeus quiso repartir la soberanía entre dos de sus hijos: Apolo y Dioniso. Y el tipo de conocimiento que les otorgó fue el mismo: la posesión.
(…) El descubrimiento a través de la posesión, el descubrimiento en el que convergen Dioniso y Apolo, no es algo que se pueda agregar a una concepción ya establecida del pensamiento como si se tratara de un apéndice, un fenómeno marginal o una excéntrica variación. Si se lo acepta, ese conocimiento desquicia desde el interior todo orden preexistente.

(…) Para los griegos la posesión fue ante todo una forma primaria del conocimiento, nacida mucho antes que los filósofos que la nombran. Hasta se puede decir que la posesión empieza a ser nombrada cuando su soberanía ya esta declinando (…) Si posesión es ante todo el reconocimiento de que nuestra vida mental esta habitada por potencias que la dominan y escapan a todo control, pero pueden tener nombres, formas, perfiles. Con estas potencias tenemos que ver a cada instante, son ellas las que nos transforman y en las que nosotros nos transformamos (…) Cuando la vida se encendía, en el deseo o en la pena, o también en la reflexión, los héroes homéricos sabían que un dios los hacia actuar. Todo acrecentamiento repentino de la intensidad introducía en la esfera un dios (…) La mente era un lugar abierto, sujeto a invasiones, incursiones, súbitas o provocadas. Incursio, recordemos, es término técnico de la posesión. Cada una de esas invasiones era la señal de una metamorfosis. Y cada metamorfosis era una adquisición de conocimiento (…) un conocimiento que es un páthos (…) un conocimiento que no puede representarse si no es en términos eróticos: el ser "tomados" por el dios y el ser "golpeados" por el dios, las dos modalidades fundamentales de la posesión, corresponden a los dos modos de las epifanías de Zeus: el rapto y el estupro.

(…) Si en el origen de la posesión encontramos a una ninfa, si las ninfas presiden la posesión en su máxima generalidad, es así porque ellas mismas son elemento de la posesión, son esas aguar perennemente encrespadas y mudables donde de repente un simulacro se recorta soberano y subyuga la mente (…) Ninfa es entonces la materia mental que hace actuar y que sufre el encantamiento (…) Por antigua tradición se dice que quienes ven una aparición emerger de una fuente, o sea, la imagen de una ninfa, deliran; los griegos los definen nynpholeptus mientras que los latinos los llaman lymphaticos. El delirio suscitado por las ninfas nace entonces del agua y de un cuerpo que emerge de ella, así como la imagen mental aflora del continuo de la consciencia. 

(…) En un día de verano ensordecedor de cigarras, bajo un alto plátano junto a Iliso, al lado de un pequeño santuario de las ninfas con estatuillas votivas, y exactamente en la hora meridiana en la que se debe callar, porque todo sonido es arriesgado y provoca la ira de Pan, Sócrates expuso a su amigo Fedro la doctrina más peligrosa, aquélla que él mismo expulsa ignominiosamente de la ciudad en el libro décimo de la República. (…) una doctrina que Sócrates presenta con el gesto de quien realiza una ceremonia, una antigua practica de purificación, inmediatamente después de anunciar que se sentía nymphólēptos, raptado por las ninfas. Pero ¿Cuál había sido su pecado? Haber pecado contra de Eros, dice Sócrates, pero agrega también algo muy asombroso, y usando el mismo verbo hamartánein: "Haber pecado con respecto a la mitología" (…) deducimos que peca en contra de la mitología quien yerra sobre la naturaleza del simulacro (…) Si ese pecado es el desconocimiento del lenguaje de los simulacros, de una sabiduría que habla con gestos y con imágenes - y con entramados inagotables de gestos y de imágenes -, las destinatarias de la palinodia no podrán ser más que las ninfas, puestos que son las figuras más afines a los simulacros y hasta tienden a confundirse con ellos (…) Por eso al final del Fedro, Sócrates no olvida dirigir una plegaria a las ninfas. 
(…) Si la República trata de los simulacros que contagian como una pestilencia, el Fedro trata de los simulacros que curan. Sócrates quiere ante todo mostrarnos como, de esa enfermedad que es la manía -y, en su caso, en el momento mismo en que habla, del delirio del nymphólēptos - la única cura y liberación viene del delirio mismo. Aquel que hirió curará: este proverbio que nació como oráculo pronunciado por Apolo para Telefo se cierne, como una máxima délfica, sobre todo el Fedro. Y el Fedro mismo puede ser entendido como el relato de la cura ofrecida a las ninfas y por las ninfas que, en su delirio, capturaron a Sócrates. 

Alrededor de 1890, en Florencia, el joven Aby Warburg estudia a Boticcelli y pronto llegó a una conclusión que luego se revelaría como eje de toda su obra (…) Warburg advirtió la presencia de la antigüedad pagana en la repentina intensificación del gesto de una figura  femenina - y sobre todo, como si el gesto en sí fuera algo demasiado brusco y necesitara fluir alrededor, en el imprevisto movimiento del drapeado y de los cabellos de esa figura, alborotados por un soplo-. Warburg reconoció esto en Boticcelli. Era el "gesto vivo" de la antigüedad que reaparecía (…) Es la ninfa. En su figura encontramos todos los rasgos que Poliziano había agregado al himno homérico y transmitido a Boticcelli. Con ella ingresa en el austero interior florentino un ser que ha pasado indemne por los siglos y ahora insufla en ese nuevo mundo su brise imaginaire. Es un "petrel pagano", escribe Warburg, que irrumpe "en esta lenta respetabilidad, en este controlado cristianismo". En la solemne subdivisión del fresco esta figura es como una taracea que pertenece a otro estrato de la realidad, a la vez ajeno y penetrante. "perdí la razón" anota Jolles, pero es la voz de Warburg la que habla en él.

(…) El equilibrio psíquico de Warburg, siempre precario, pareció quebrarse en 1918. Entre 1920 y 1924 vivió en Kreuzlingen, en la clínica  de Binswanger, lugar histórico de la esquizofrenia (…) En 1923, moderno nymphólēptos, Warburg ideó una practica de purificación para sí mismo: escribió en Kreuzlingen la Lecture on Serpent Ritual y comunicó a los psiquiatras que constituiría un avance importante en el proceso de su curación si le permitían leer ese texto ante los otros pacientes.  Así sucedió. Cuando en 1939, a diez años de la muerte de Warburg, el "Journal of the Warburg institute" publico la Lecture. Se podía leer al final en una nota a pie de pagina: "Leído por vez primera ante una unprofessional audience". Palabras que deberíamos escuchar en resonancia con otras que Warburg dejó escritas en una nota sobre la Lecture: Éstas son las confesiones de un esquizoide (incurable), depositadas en los archivos de los psiquiatras" (…) Warburg quiso dedicar aquella conferencia a la serpiente, el símbolo que mas que cualquier otro sirve, según la formula Saxl, para "circunscribir un terror informe". Así, la ninfa y la serpiente, Telfusa y Pitón, una vez mas actuaron juntas, una sellando el inicio, la otra el final de la investigación de Warburg. 

(…) La serpiente, la más inmediata imagen del mal, se vuelve la salvadora. Y aquí Warburg enciende la chispa de la conexión decisiva, comparando un ritual de los indios Moki en el cual los indios danzaban con serpientes cascabel hasta cogerlas con la boca para evocar la lluvia salvadora, con el episodio bíblico de Moisés que, para curar a los judíos torturados en el desierto por las "serpientes ardientes", por orden de Yahvé levanto una serpiente de bronce sobre un asta de madera. Se lee en el libro de los números: "Ahora, si una de las serpientes mordía a un hombre y este miraba hacia la serpiente de bronce, viviría" (…) "Aquel que hirió curará": el antiguo proverbio griego actuaba de nuevo. Lo que ocurría en la sala de la clínica Kreuzlingen no era en su esencia distinto de lo que un día había ocurrido en las riberas del Iliso, a la sombra de un alto plátano, cuando Sócrates, raptado por las ninfas, había hablado a Fedro de como, a través del "justo delirar" se puede alcanzar la "liberación" de los males.

Y de repente había dicho, con la rapidez de quien dispara la última flecha, que "la manía es más bella que la sōphrosýnē", que ese sabio control de sí, que esa intensidad media, protegida por las temibles puntas, que los griegos habían conquistado con inmenso esfuerzo (…) ¿Por qué la manía es más bella? Sócrates agrega: «Porque la manía nace del dios», mientras que la sōphrosýnē «nace entre los hombres».

Roberto Calasso. La locura que viene de las ninfas.

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