La hija perdida de Demeter

 
 
Hades, el tenebroso dios de la muerte, tenía prohibido visitar el Olimpo y vivía en un oscuro palacio en las profundidades de la Tierra. Un día, se encontró con su hermano Zeus en Grecia, territorio que compartían, y le confesó: —Me he enamorado de tu sobrina Perséfone, la hija de Deméter. ¿Tengo tu consentimiento para casarme con ella? Zeus no deseaba ofender a Hades diciéndole: «¡No, qué horrible idea!»; pero tampoco quería desairar a Deméter contestándole: «¿Por qué no?». Así que no le dio a Hades ni un sí, ni un no; se limitó a parpadear un ojo.

El guiño dejó satisfecho a Hades, que se fue a Colono, cerca de Atenas, donde Perséfone, que recogía flores primaverales, se había alejado de sus amigas. Hades se la llevó en su gran carro fúnebre. Perséfone gritó, pero cuando las otras chicas llegaron corriendo, ella ya había desaparecido sin dejar ningún rastro, excepto unas margaritas y unas violetas aplastadas. Las chicas, luego, le contaron a Deméter todo lo que sabían. Deméter, muy preocupada, se disfrazó de anciana y deambuló por toda Grecia en busca de Perséfone. Viajó durante nueve días, sin comer ni beber, y nadie pudo darle noticia alguna. Al final, se dirigió de nuevo hacia Atenas. En el cercano Eleusis, el rey y la reina la trataron con gran amabilidad, le ofrecieron el puesto de niñera de la joven princesa y ella aceptó un vaso de agua de cebada.

Al poco tiempo, el príncipe mayor, Triptolemo, que cuidaba de las vacas reales se le presentó apresurado: —Si no me equivoco, señora —dijo—, usted es la diosa Deméter. Me temo que le traigo malas noticias. Mi hermano Eubeo estaba dando de comer a los cerdos, cerca de aquí, cuando oyó un gran ruido de pezuñas y vio un carro pasando a toda velocidad. En él iba un rey de cara oscura, ataviado con una armadura negra y acompañado de una chica que se parecía a vuestra hija Perséfone. De repente, la Tierra se abrió ante los ojos de mi hermano y el carro desapareció por el agujero. Todos nuestros cerdos cayeron también en él y los perdimos, porque la Tierra volvió a cerrarse. Deméter supuso que el rey de cara oscura era Hades. Y junto a su amiga, la vieja diosa bruja Hécate, fue a preguntarle al Sol, que lo ve todo.

Éste no quiso contestar, pero Hécate lo amenazó con eclipsarlo todos los mediodías si no les contaba la verdad. —Era el rey Hades —confesó el Sol. —Mi hermano Zeus ha tramado esto —dijo Deméter furiosa—. Me vengaré de él. Deméter no volvió al Olimpo, sino que recorrió Grecia prohibiendo a sus árboles que dieran frutos e impidiendo que la hierba creciera, para que el ganado no pudiera alimentarse. Si aquello duraba mucho tiempo, los hombres se morirían de hambre. Así que Zeus ordenó a Hera que enviase a su mensajera Iris desde el arco iris, con un aviso para Deméter: «¡Por favor, sé sensata, querida hermana, y permite que las cosas vuelvan a crecer!». Deméter no hizo caso y entonces Zeus mandó a Poseidón, a Hestia y a la misma Hera para ofrecerle magníficos regalos. Pero Deméter gimió: —¡No haré nada por ninguno de vosotros, nunca, hasta que mi hija no vuelva a casa conmigo! Zeus entonces envió a Hermes para que le dijera a Hades: «Si no dejas que esa chica vuelva a casa, hermano, iremos todos a la ruina». También le dio a Hermes un mensaje para Deméter: «Podrás tener a Perséfone de vuelta, siempre que no haya probado el "alimento de los muertos"». Puesto que Perséfone se había negado a comer, ni siquiera un trozo de pan, diciendo que prefería morirse de hambre, Hades difícilmente podía decir que Perséfone se había ido con él de buen grado. Así que entonces decidió obedecer a Zeus, por lo que llamó a Perséfone y le dijo con amabilidad: —No pareces feliz aquí, querida. No has comido nada.

Quizá sería mejor que regresaras a casa. Uno de los jardineros de Hades, llamado Ascálafo, estalló en risotadas: —¡Que no ha tomado ningún alimento, dices! Esta misma mañana, la he visto coger una granada de tu huerto subterráneo. Hades sonrió. Llevó a Perséfone en su carro hasta Eleusis, donde Deméter la abrazó y lloró de emoción. Hades dijo entonces: —Por cierto, Perséfone se ha comido siete semillas rojas de una granada; mi jardinero la vio. Tiene que bajar al Tártaro, otra vez. —¡Si se va —gritó Deméter—, nunca levantaré mi maldición de la Tierra, aunque se mueran todos los hombres y todos los animales! Al final, Zeus envió a su madre Rea (quien, además, era también la madre de Deméter) para interceder. Finalmente, ambas diosas acordaron que Perséfone se casaría con Hades y que pasaría siete meses en el Tártaro —un mes por cada semilla de granada comida— y el resto del año sobre la Tierra. Deméter castigó a Ascálafo, convirtiéndolo en una lechuza ululante de largas orejas, y recompensó a Triptolemo, dándole una bolsa de semillas de cebada y un arado. Siguiendo las órdenes de Deméter, Triptolemo recorrió entonces el mundo en un carro tirado por serpientes, y enseñó a la humanidad a arar los campos, sembrar la cebada y recoger las cosechas.
 
Robert Graves. "Dioses y héroes de la antigua Grecia".

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