Sobre la creación del tiempo

Rudra



(...) A pesar de que los dioses fueron los primeros en conquistar el cielo y desde entonces se nutren de amrta, el líquido que es el «no-mortal», sabían de todas formas que un día, aunque aún muy remoto, Muerte los alcanzaría. Tenían terror de parpadear, porque sabían que todo lo que parpadea muere. Con los ojos cerrados, vigilaban las duras piedras de su palacio a la espera de que se posase un velo de polvo, mensajero de la tierra y de la muerte. 

Cuando se apercibieron de que Prajãpati miraba a Usas, y que Usas respondía a su mirada, cubriendose de una humedad rosada, los dioses se escandalizaron. No porque Usas fuese su hija, ya que no había mujer que no fuese hija de Prajãpati, sino porque Prajãpati era de otro mundo. Sólo podía engendrar. Pero tocar a una de sus criaturas, penetrarla, habría alterado todo orden, habría bastado para negar el orden del mundo del que los dioses se consideraban guardianes, incluso contra su propio Padre. 

Lo primero que se les ocurrió a los dioses fue aterrorizar al Padre. Querían impedirle a toda costa que tocase a la Hija. Calcaron de ellos mismos, como cirujanos expertos, la forma más espantosa. Con ella compusieron a Rudra. De este modo el Padre sería obligado a sufrir el horror de la existencia. La exaltación no lo era todo. Prajãpati no podía pretender abandonarse a aquel engaño, después de haber hecho coincidir su nacimiento con el de Muerte. Resonó el grito desgarrador de Rudra. El sonido que se impone a cualquier otro. «Nunca lo olvidarás, Padre», pensaron los dioses, satisfechos de su venganza. 

(...) Prajãpati ardía. De la punta de los pies a la cabeza ascendía en su interior algo que transformaba, cocía, maduraba su cuerpo, como a la espera de otra cosa. Y de pronto se dio cuenta de que aquel fuego flameaba fuera de él, hacia la Hija. 

Mientras Prajãpati movía sus patas de antílope (aunque él no se había dado cuenta de la metamorfosis) hacia Usas, la plenitud reconoció en su interior una hendidura, una corriente de aire, de vacío, entre el cuerpo del Padre y el de la Hija. En ese vacío vibraría la flecha que Rudra, el arquero, dispararía poco después contra Prajãpati. Poco después: ese retraso, ese intervalo fue el tiempo, todo el tiempo, todo el tiempo que existiría siempre, toda la historia, todas las historias que envolverían de forma invisible toda la existencia. Esa flecha confirmaba, al mismo tiempo que lo castigaba, la abertura que se había abierto en la plenitud. Transformó el vacío, de una vez para siempre, en herida.



Roberto Calasso. "Ka".

No hay comentarios:

Publicar un comentario