Sobre la creación del mundo: Prajãpati

Prajãpati


Prajãpati estaba solo. Ni siquiera estaba seguro de si existía o no. «Por así decir», iva. (en cuanto se toca un punto decisivo no conviene atenuar la afirmación con esta partícula, iva, que no vincula.) Sólo estaba la mente, manas. Pero lo propio de la mente es no saber si existe o no existe. Sin embargo, precede a cualquier otra cosa. «Nada existe antes de la mente.» Y, antes aún de poder asegurarse de que en verdad existía, la mente deseó. Era continua, difusa, indefinida. Como atraída por algo extraño, perteneciente a otra especie de vida, deseó aquello que fuera definido, distinto, que tuviera contorno. Un Sí mismo, ãtman: Así lo llamaba. Lo imaginaba como algo consistente. Al actuar, la mente alcanzaba la incandescencia. Vio encenderse treinta y seis mil fuegos, hechos por la mente y con la mente. Suspendidos sobre los fuegos, treinta y seis mil cálices, también ellos hechos de mente.

Prajãpati estaba acostado, con los ojos cerrados. Entre el pecho y la cabeza había en él un ardor, como de agua que hierve en el silencio. Continuamente transformaba algo: era el tapas. Pero ¿qué era lo que transformaba? La mente. La mente era lo que transformaba y lo que se transformaba. Era la tibieza, la llama oculta detrás de los huesos, el sucederse, el disolverse de las figuras dibujadas sobre la oscuridad, y la sensación de saber que todo eso estaba sucediendo. Todo se parecía a otra cosa. Todo estaba ligado a otra cosa. Sólo la sensación de la conciencia no se parecía a nada. Y sin embargo era en ella donde fluían y volvían a fluir todas las semejanzas. Era la «ola indistinta». Cada semejanza era una cresta de esa ola. Pero entonces, «este mundo eran las aguas». ¿Y qué sucedió después? «En medio de las olas un vidente único.» Las aguas eran ya la mente. Pero ¿por qué aquel ojo? En el interior de la mente se formó ese desnivel que precede a cualquier otro desnivel, que los implica a todos en sí. Era la consciencia y había un ojo que la miraba. En la misma mente había dos seres. Hubieran podido convertirse en tres, treinta o tres mil. Ojos que miraban a ojos que miraban a ojos. Pero bastaba con ese primer paso. Todos los otros ojos estaban contenidos en ese «vidente único» y las aguas.

Las aguas desearon. Solitarias, ardieron. «Ardieron el ardor.» En la ola se formó una concha de oro. «Esto, el uno, nació por la potencia del ardor.» Dentro de la concha, durante un año, se formo el cuerpo de Prajãpati. Sin embargo, por entonces, «el año no había nacido aún» (...) Al cabo de un año comenzó a emitir sílabas que fueron la tierra, el aire, el cielo remoto (...)

Nacido del deseo de las aguas, Prajãpati engendró «todo esto», idam sarvam, pero fue el único que no pudo decir que tenia un padre ni siquiera una madre, aunque podía afirmar que tenía muchas madres, ya que las aguas son un irreductible plural femenino. Esas aguas eran también sus hijas, como si desde un principio se hubiera querido dejar en claro que en toda relación esencial el engendramiento es recíproco. 




Roberto Calasso. "Ka".

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