Quince cartas de un tarot vampírico


0.
El Loco

—¿Qué es lo que quieres?
El joven llevaba ya un mes visitando el cementerio cada noche. Había visto cómo la cruda luz de la luna bañaba el frío granito, el mármol virginal, las viejas estatuas y las lápidas cubiertas de musgo. Las sombras y los búhos le habían sobresaltado muchas veces. Había visto a parejas retozando, borrachos y adolescentes que buscaban nerviosos el camino más corto: toda la gente que frecuentaba de noche aquel cementerio.
Solía pasarse el día durmiendo. A nadie le importaba. Por las noches deambulaba solo por ahí, muerto de frío. Vino a su encuentro cuando se hallaba al borde de un precipicio.
La voz parecía salir de la noche misma, y resonaba dentro de su cabeza y también en el exterior.
—¿Qué es lo que quieres? —repitió.
Se preguntaba si tendría el valor de volverse a mirar, y comprendió que no lo tenía.
—¿Y bien? Vienes aquí todas las noches, a un lugar en el que los vivos no son bienvenidos. Te he visto. ¿Por qué?
—Quería conocerte —respondió sin mirar—. Quiero vivir eternamente.
La voz del joven se quebró al pronunciar estas últimas palabras.
Había saltado desde el precipicio. Ya no había vuelta atrás. En su imaginación, aún podía sentir en el cuello la punzada de unos colmillos afilados como estiletes, un incisivo preludio de la vida eterna.
Comenzó a oír un sonido. Era grave y triste, como el rumor de un río subterráneo. Tardó un rato en darse cuenta de que se trataba de una risa.
—Esto no es vida —dijo la voz.
Ya no volvió a hablar y, al cabo de unos segundos, el joven supo que volvía a estar solo en el cementerio.


1.

El Mago

Le preguntaron al criado de Saint Germain si era verdad que su amo tenía mil años, tal como se rumoreaba que él mismo había proclamado.
—¿Y cómo voy a saberlo? —replicó el hombre—. Yo sólo llevo trescientos años a su servicio.


2.

La Sacerdotisa

Tenía la piel pálida, los ojos oscuros y el cabello teñido de negro. Asistió a un programa de televisión matutino y se proclamó reina de los vampiros. Mostró ante las cámaras sus colmillos tallados, y llevó a algunos de sus antiguos amantes que, abochornados en mayor o menor medida, admitieron que ella les había chupado la sangre y se la había bebido.
—Sin embargo, tu imagen sí se refleja en los espejos, ¿verdad? —preguntó la presentadora. Era la mujer más rica de todo Estados Unidos, y había llegado hasta allí a base de exhibir tarados, personas heridas y marginados en su programa y de mostrar al mundo su dolor.
El público presente en el estudio se echó a reír.
La mujer parecía un tanto ofendida.
—En efecto. Al contrario de lo que la gente suele pensar, la imagen de un vampiro se refleja en los espejos y puede verse a través de las cámaras de televisión.
—Bueno, al menos hay algo en lo que no te equivocas, bonita —replicó la presentadora. Pero tapó el micrófono con su mano mientras hablaba, y los telespectadores no pudieron escuchar sus palabras.

5.

El Sumo Sacerdote

«Éste es mi cuerpo —afirmó, hace ya dos mil años—. Ésta es mi sangre.»
Era la única religión que ofrecía exactamente lo que prometía: la vida eterna para todos sus adeptos.
Aún quedamos vivos unos cuantos para recordarle. Algunos afirman que fue un mesías, y otros piensan que fue tan sólo un hombre con poderes muy especiales. Pero ésa no es la cuestión. Fuera quien fuese, lo cierto es que cambió el mundo.


6.
Los Enamorados

Después de muerta, comenzó a aparecérsele por las noches. Cada día estaba más pálido, y lucía unas marcadas ojeras. Al principio, todos pensaron que aún no había superado su muerte. Y de repente, una noche, él se fue.
Les costó mucho obtener el permiso para exhumarla, pero finalmente lo lograron. Desenterraron el ataúd y levantaron la tapa. A continuación, extrajeron lo que encontraron en el interior del féretro. En el fondo había unos quince centímetros de agua, que al contacto con el hierro había adquirido un vivo tono escarlata. El ataúd contenía dos cadáveres: el de ella, naturalmente, y también el de él. Este último parecía más deteriorado.
Más adelante, alguien se preguntó en voz alta cómo era posible que ambos cadáveres cupieran en un ataúd que había sido construido para una sola persona. Especialmente si se tenía en cuenta el estado de la mujer, dijo, pues era evidente que estaba embarazada de varios meses.
Esto provocó una cierta confusión, pues cuando la enterraron no daba la impresión de estar encinta.
Pasado algún tiempo —y a petición de las autoridades eclesiásticas, que habían oído rumores sobre lo que habían descubierto en aquella tumba—, volvieron a enterrarla por segunda y última vez. El vientre de la mujer estaba completamente liso de nuevo. El médico local les explicó a todos que la hinchazón del vientre se debía a los gases producidos por la putrefacción. Los lugareños asintieron, e incluso dio la impresión de que creían la explicación del médico.


7.
El Carro

Fue una obra maestra de ingeniería genética: habían logrado crear una nueva raza de humanos especialmente diseñada para viajar por las estrellas. En primer lugar, era preciso dotarlos de una vida útil exageradamente larga, pues la distancia entre una estrella y otra es inmensa; el espacio era limitado, y sus provisiones alimenticias debían ir comprimidas; también era necesario que pudieran procesar los alimentos que encontraran, y colonizar otros mundos con seres de su misma raza.
Sus coterráneos acudieron a despedir a los colonizadores y les desearon buena suerte. No obstante, antes de su partida, eliminaron de los ordenadores de a bordo todos los datos referentes a la ubicación de su planeta natal. Simple cuestión de precaución.


10.
La Rueda de la Fortuna

¿Qué hacías con el médico?, preguntó ella, y se echó a reír. Me ha parecido verlo entrar aquí hace cosa de diez minutos.
Perdona, respondí yo. Estaba muerto de hambre.
Ambos nos echamos a reír.
Yo estaba sentado en la consulta del médico, hurgándome los dientes con un palillo. Un rato después volvió la enfermera.
Usted disculpará, dijo. El doctor debe de haber salido un momento. ¿Quiere que le dé cita para la semana que viene?
Le indiqué que no con la cabeza. Ya llamaré en otro momento, dije. Pero, por primera vez en lo que iba de día, lo que dije no era verdad.


11.
La Justicia

—No es humano —afirmó el magistrado— y, por lo tanto, no merece ser juzgado como tal.
—Ah —exclamó el abogado—. Pero no podemos ejecutarlo sin haberlo juzgado primero: existen ciertos precedentes. Un cerdo se comió a un niño que había caído dentro de su pocilga; el cerdo fue hallado culpable y murió ahorcado. A un enjambre de abejas se las declaró culpables de haber causado con sus picaduras la muerte de un anciano y el verdugo las incineró. Esta infernal criatura merece al menos el mismo trato.
Las pruebas que inculpaban al bebé eran incontestables. He aquí la relación completa: una mujer llegó del campo con el bebé. La mujer afirmó que el bebé era suyo y que su marido estaba muerto. Madre e hijo fueron a alojarse en casa de un carrocero y su esposa. El viejo carrocero padecía de melancolía y lasitud y, poco después, fue hallado muerto, junto a las otras dos mujeres, por el criado de la casa. El bebé seguía vivo, en su cuna; estaba muy pálido, tenía los ojos abiertos de par en par y había manchas de sangre en su rostro y en sus labios.
El jurado halló al pequeño culpable más allá de cualquier duda razonable y le condenó a muerte.
El encargado de ejecutar la sentencia fue el carnicero local. El pueblo entero vio cómo cortaba al bebé en dos y arrojaba los trozos al fuego. Su propio bebé había muerto unos días antes, esa misma semana. En aquellos tiempos, la mortalidad infantil era un asunto peliagudo, pero común. La mujer del carnicero tenía el corazón destrozado.
En aquel momento había abandonado ya el pueblo para visitar a una hermana que vivía en la ciudad y, esa misma semana, el carnicero fue a reunirse con ella. Los tres juntos —el carnicero, su esposa y el bebé— formaban la familia más bonita que hayáis visto nunca.


14.
La Templanza

Ella me dijo que era un vampiro. Pero había algo que yo sabía de antemano: aquella mujer era una mentirosa. Podía verlo en sus ojos. Eran negros como dos tizones, pero nunca miraban directamente a su interlocutor, sus ojos miraban al vacío por encima de tu hombro, detrás de ti, por encima de ti, desviándose un par de centímetros de tu rostro.
—¿A qué sabe? —le pregunté. Estábamos en el aparcamiento, en la parte de atrás del bar. Ella trabajaba allí, hacía el último turno; cada noche preparaba los cócteles más exquisitos pero jamás probaba una gota.
—Como el V8 —respondió—. Pero el clásico, no la versión baja en sodio. O un gazpacho con sal.
—¿Qué es el gazpacho?
—Una especie de sopa de tomate.
—Te estás quedando conmigo.
—En absoluto.
—¿En serio bebes sangre? ¿Como quien se bebe un V8?
—Igual, igual, no —me respondió—. Si tú te hartas del V8, siempre puedes beber otra cosa.
—Claro —repliqué—. La verdad es que no me gusta demasiado el V8.
—¿Lo ves? Pero en China no bebemos sangre, bebemos médula espinal.
—¿Y eso a qué sabe?
—Es más bien insípida. Como un caldo clarito.
—¿La has probado?
—Conozco a gente que sí.
Quise comprobar si podía ver su imagen reflejada en el espejo retrovisor del camión en el que estábamos recostados, pero apenas había luz y no sabría decir si la vi o no.


15.
El Diablo

Ahí tenéis su retrato. Fijaos en esos dientes, planos y amarillentos, y en el color rojizo de su rostro. Tiene cuernos, lleva una estaca de madera de unos treinta centímetros en una de sus manos y, en la otra, una maza del mismo material. Naturalmente, el diablo no existe.


16.
La Torre

La torre está hecha de saliva y maldad,
no se oye un ruido, no tiene ventanas,
The biter bit, el bocado más amargo.
(Más te vale no estar dentro cuando caiga la noche.)


17.
La Estrella

Los más viejos y ricos siguen al invierno, pasando sus largas noches en el primer sitio que encuentran. Sin embargo, prefieren el hemisferio norte al hemisferio sur.
—¿Ves aquella estrella de allí? —dicen, y señalan hacia la constelación Draco, el dragón—. De allí venimos, y allí regresaremos un día.
Los más jóvenes se burlan y se ríen de ellos. No obstante, a medida que los años se convierten en siglos, descubren que sienten nostalgia de un lugar en el que nunca estuvieron; y comienzan a preferir los climas septentrionales, mientras Draco se enrosca entre la Osa Mayor y la Menor, cada vez más cerca de los fríos polares.

19.
El Sol

—Imagínate —dijo ella— que hay algo en el cielo que va a hacerte daño, que incluso puede matarte. Un águila gigantesca o algo así. Imagina que si sales hacia la luz del día el águila te atrapará.
»Bueno, pues eso es lo que nos pasa. Sólo que no es un pájaro lo que nos acecha; es la brillante, bella y peligrosa luz del día, que hace cien años que no veo.


20.
Juicio

Es una manera de hablar acerca de la lujuria sin hablar acerca de la lujuria, le dijo.
Es un modo de hablar sobre el sexo, y sobre el miedo al sexo, y acerca de la muerte, y del miedo a la muerte. ¿Acaso se puede hablar de más cosas?


22.
El Mundo

—¿Sabes qué es lo más triste? —dijo ella—. Lo más triste es que somos vosotros.
Yo no dije nada.
—En tus fantasías —continuó ella— mi gente es como tú; sólo que un poco mejor. No morimos ni envejecemos ni sufrimos dolor o frío o sed. Somos elegantes. Poseemos la sabiduría de siglos. Ansiamos sangre, sí, pero no más de lo que tu gente anhela la comida, el afecto o la luz del sol. Además, nos hace salir de casa; o de la cripta, o el ataúd, o lo que sea.
—¿Y cuál es la verdad? —le pregunté.
—Somos vosotros —respondió—, somos vosotros con todas vuestras miserias, con todo aquello que os hace humanos: vuestros miedos, vuestra soledad y confusión... Nada de eso mejora.
»Pero somos más fríos que vosotros. Más muertos. Echo de menos la luz del día, la comida, cómo es tocar a alguien y preocuparse por él. Recuerdo la vida, y cómo era encontrarme con la gente como simple gente, no como cosas que te pueden alimentar o a las que puedes dominar. Recuerdo lo que era sentir algo, cualquier cosa: felicidad, pena; algo.
Entonces dejó de hablar.
—¿Estás llorando? —le pregunté.
—Nosotros no lloramos —dijo.
Como he dicho, aquella mujer era una mentirosa.


Neil Gaiman, "Objetos frágiles".

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