La rebelión de las masas


No había mucho más que decir, ni para actuar, ni para nada en particular. No era día para estar juntos. La lluvia lo proclamaba en relámpagos ardientes que no existían entre ellos. No era día para el amor. No era día.
En ocasiones anteriores había permitido modificar horarios, revisar amistades perdidas que seguirían aguardando el encuentro; pero no esta vez.
Penitencia, (tal cual había sido nombrada allá lejos y hace años por su padre) no tenía ganas de dar el brazo a torcer en esta oportunidad. Buscaba continuar esa tarde su curso de tejido y completar la capita que tan pacientemente estaba realizándole a su perro Justicia. (Otro nombre gratamente instaurado por la autoridad paternal).
Sin embargo, y más allá de toda lógica no podía dejar de pensar en la negativa que acababa de instalar entre ella y su enamorado.
Su emoticón, presencia virtual en el chat escolar, indicaba el rojo de ocupado, pero Penitencia sabía que ese rojo estaba allí para comunicarle otra circunstancia del estado de su compañero. El rojo incesante y permanente en su pantalla le mostraba el enojo ocasionado por semejante respuesta inesperada. Gritaba de forma vergonzosa que Penitencia lo había hecho sufrir, a él, quién era un pan de dios y jamás había hecho nada que demándese el título de “desfachatado, sátrapa o demás adjetivos que su madre, Norma, ocasionalmente solía vociferar desde la ventana de su cuarto.
– Jugando siempre con el sátrapa ese- gritaba envolviéndose en su delantal de cocina que cubría ampliamente su pollera de lana verde lima. - Al fin y al cabo, es un pequeño delincuente que te está llevando por el mal camino.-
Estos dichos eran acompañados por el clásico pañuelo en la cabeza, el bigote prominente que prometía ser depilado en algún momento para salud de los comensales, y el palo de amasar firme en su mano, repiqueteando cada tanto en la mesada de la cocina, escupiendo harina.
Penitencia tomaba muy en consideración los dichos de su madre, los silencios de su padre, y al palo de amasar. Los tomaba tan en consideración que últimamente se hallaba mucho tiempo pensando en su pobre compañero de fechorías.
Recordaba entre enojada, nostálgica y culposa, aquella tarde detrás de la arena donde le habían robado un beso al sol despiadado de noviembre. Pensaba en la excursión al zoológico, donde hurtaron flores a la primavera, y donde tiernamente él le había dicho que había soñado con ella. Revivió el calor de sus mejillas por aquel entonces y el roce imperceptible de sus dedos intentando tomarse de la mano fugitiva.
De a poco, el día no parecía tan malo después de todo. Los relámpagos no eran más que luces que mostraban el camino. La lluvia no era más que un rocío para su crecimiento. Estos pensamientos curvaron la comisura de la boca de Penitencia. Quizás Justicia se quedara sin capita. Después de todo, era verano y la insistencia de Norma no era candidata del sentido común. Como tampoco lo era su palo de amasar.
Penitencia Prudencia Pudente (o Pepita como la llamaba afectivamente su querido Ícaro) comenzó a vislumbrar una nueva idea que surgía desde muy adentro suyo. Una idea peligrosa, como toda buena idea que merece salir al sol.
La mantuvo en silencio por un tiempo dejándola que crezca y se vaya anidando en su pecho. De pronto la lluvia, los truenos, los relámpagos y la noche que tanto la atemorizaba en cada relato familiar no le resultaba tan tenebrosa como antes.
De repente la energía meteorológica le había enviado nueva vida a sus manos y a sus piernas. Justicia se percató de esta metamorfosis y empezó a mirarla fijamente, a balancear su cola en zig zag anticipatorio. Este acto de compañerismo fraternal le llenó los recovecos de duda que aún se encontraban en su mente y entonces se decidió.
Con una fuerza desconocida para ella misma, Penitencia Prudencia Pudente se incorporó de su sillita de plástico intempestivamente. Arrojó las agujas de tejer al suelo con un solo y calculado movimiento, y con fuego en los ojos susurró a su padre Valdemar Pudente.
– Quiero ver a Ícaro-
Su padre, con la parsimonia que lo caracterizaba se quitó los anteojos y la miró por un breve segundo.
– Norma, ¿has escuchado a la niña aquí?
Su madre la había escuchado. Y también su palo de amasar.

Sigé

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