Puentes de Brazos


Max Sznaider es un joven escritor de Buenos Aires. Sus relatos fueron galardonados en certámenes literarios de España, México y Argentina. Actualmente se encuentra preparando su primer libro, el cual incluirá, entre otros, el siguiente cuento.
Para leer más cosas de Max visitá su blog: Martillazos en la Nuca


Puentes de Brazos


La historia, que como un buen narrador gusta de las progresiones dramáticas, sabe que todo acontecimiento debe ser superado, tarde o temprano, por uno nuevo. Innumerables ejemplos pueblan los anales de la Tierra: el bombardeo fascista sobre Guernica, una vez emblemático, fue eclipsado por Hiroshima y Nagasaki; la invención de la maquina de escribir, antes revolucionaria, se tornó banal con el advenimiento de la informática; y el otrora paradigmático descubrimiento de América resultó anecdótico tras el desembarco en Segniva.

El oficio del traductor, aunque no tan llamativo como el del soldado, el marino o el inventor, también ha enfrentado desafíos progresivamente más complejos. El caso más significativo quizás sea Wrutfja jka Rjeburwia, texto fundamental de la cultura tjwerina que narra la edificación de su principal metrópoli y, a través de ella, los fundamentos de la civilización toda. Algunos traductores (como Alberto Cambero) le han dado el título de La construcción de Rjeburwia, otros (con mayor acierto), La animación de Rjeburwia. Alden Borzage, quien fuera el primero en verter el libro al inglés, afirma que su complejidad hace ver la traducción del disco de Phaistos o las tablillas en lineal A como meras trascripciones.

No es fácil definir aquellas dificultades escuetamente. Ulrich Schreiber, en su ensayo Die Tjwerinerin, argumenta que los términos del lenguaje tjwerino, al estar construido sobre una cultura tan diferente a cualquiera de nuestro planeta, no tienen equivalentes en nuestros idiomas. Las lenguas terrícolas, detrás de las divergencias superficiales, ya sean gramaticales, semánticas, fonéticas u ortográficas, ocultan haber sido creadas por civilizaciones muy similares, por individuos de una misma especies que comparten no sólo características biológicas sino conceptos abstractos acumulados durante milenios de existencia. Ideas como la libertad, la muerte, el amor, la suerte o el alma son comunes a todas las lenguas humanas. El idioma tjwerino, que desconoce esos conceptos, tiene su propio repertorio de abstracciones. Trasladar aquellas nociones de un idioma a otro es una tarea casi inasequible, como explicar un soneto con lenguaje matemático.

Por eso se requieren ciertas nociones básicas sobre la biología tjwerina para adentrarnos en su lenguaje. En primer lugar, debemos entender que estos organismos simplemente no pueden morir. Cada vez que un tjwerino pierde una parte de su cuerpo, la misma vuelve a crecer; y si bien la regeneración no es instantánea, la misma ocurre sin excepción, sea cual sea la parte cortada. Tan sólo alimentarse de los componentes inorgánicos del ambiente les basta para recomponer los tejidos originales y recuperar su anatomía completa.

De ahí que resulte tan difícil explicarle a un tjwerino el concepto de la muerte. El hombre, que la conoce, puede identificar la inmortalidad como la ausencia de la misma. Pero para quien la vida es un fenómeno invariable que no conoce principios ni finales, la muerte resulta tan inimaginable como una moneda de una sola cara o un color fuera del espectro visible.

Esto está íntimamente relacionada con el rasgo más distintivo de la cultura tjwerina: todas sus creaciones materiales, desde las más simples (recipientes y utensilios) hasta los más complejos (vehículos, edificios y monumentos), son construidas con partes de sus propios cuerpos. La regeneración indefectible de todo componente físico hace de los tjwerinos su propia material prima, su propia fuente de recursos inagotables. De ahí que la mutilación (me veo obligado a utilizar este término pese a sus negativas connotaciones, ajenas a su correspondiente en el lenguaje tjwerino) no sea vista como una pérdida o una herida sino como un acto constructivo y enriquecedor. Un cuerpo mutilado e incompleto no es considerado antiestético; al contrario, se lo valora como un signo de actividad y progreso. En contraste, uno completo y entero es visto como una muestra de dejadez e inoperancia.

Por otro lado, los tjwerinos (cuyo origen se desconoce) tienen una demografía absolutamente invariable. Su población no se altera con el paso del tiempo: ningún individuo puede desaparecer, ni pueden aparecer otros nuevos. La procreación es, por lo tanto, otra noción inconcebible para los tjwerinos. Habiendo comprendido este punto, llegamos a una nueva conclusión: la inmortalidad y el carácter invariable de la demografía tjwerina anulan los instintos fundamentales de cualquier raza terrestre: la reproducción y la supervivencia. La inexistencia de esos dos factores da lugar a singulares objetivos para la especie, desconocidos para el hombre.

Para entender esas metas, es necesaria la lectura de La animación de Rjeburwia, cuyo valor no se desprende del argumento (en términos generales lineal y repetitivo) sino de los detalles sobre la civilización que aparecen durante la trama. Los primeros capítulos narran la llegada de los tjwerinos a las tierras que pronto albergarán su colosal ciudad. El territorio se ubica en una isla del planeta Niwra, que los constructores conectan al continente a través de diecisiete puentes, compuestos de millones de brazos encastrados. Diversos traductores y estudiosos coinciden en que esta sección es clave para comprender la filosofía tjwerina. Ya en los primeros pasajes resulta evidente que las construcciones no son un medio para alcanzar un fin, sino un fin en sí mismo. El puente de brazos, por ejemplo, no existe para que los individuos puedan trasladarse; por el contrario, los tjwerinos lo recorren para que el puente sea, para que a través del uso defina su existencia. Schreiber le atribuye esa particular perspectiva al carácter inalterable de la especie. Al no poder progresar biológicamente, los tjwerinos deben colocar el objeto de su existencia fuera de sí mismos. Como si el agua o el aire tuvieran lucidez y, concientes de su carácter esencial para la vida, se hicieran beber o respirar intencionalmente.

En aquellos pasajes surge también el término Rjeburwia, que no sólo designa las diecisiete plataformas, sino la ciudad en general. Suele traducirse (previsiblemente) como Puentes de Brazos, aunque se trata, en realidad, de una aproximación. Si somos estrictos, debemos destacar que los tjwerinos no se refieren a las construcciones por sus componentes. Por el contrario, se refieren a los distintos elementos como partes desmembradas de lo que están destinados a formar. De ahí que llamen a los cabellos trozo de alfombra o a las dentaduras punta de rastrillo o a las uñas pieza de mosaico o a los tentáculos tramo de soga o a la sangre cemento húmedo.

Ese particular vocabulario abunda en los capítulos centrales, donde se describe la formación del edificio principal, que marca la estructura de toda la metrópoli. Se trata de una construcción de forma esférica, cuyo rasgo principal es una enorme cúpula compuesta de millones de pies. Finalizado su levantamiento, el texto refiere la construcción del resto de la ciudad, tramo en el cual se torna notoriamente monótono y reiterativo. Pero estas repeticiones no son arbitrarias ni casuales, sino un fiel reflejo de la estructura general: toda la urbe es una versión magnificada del edificio principal, dividida en decenas de esféricas capas concéntricas. Esa forma globular divide la ciudad en dos hemisferios, uno subterráneo y otro sobre la superficie. Ambos son atravesados por innumerables conductos que constituyen la principal vía de transporte de los tjwerinos.

Una vez completada esa red, Rjeburwia se considera finalizada y tan sólo resta un último capítulo. Esas páginas finales (que algunos califican de apócrifas) rompen con la linealidad preestablecida y suscitan las más diversas interpretaciones. Ya en las primeras líneas se establece con claridad el nuevo conflicto: los tjwerinos son invadidos por una raza desconocida que apenas pueden comprender. Esa doble extrañeza, la de lo analizado (los invasores) y la de quien lo describe (los tjwerinos) genera irreconciliables diferencias de apreciación. Innumerables son las especies que los analistas proponen como posibles agresores, pero esas suposiciones son secundarias. Schreiber sostiene (acertadamente) que el verdadero eje es la reacción de los tjwerinos al encontrarse, por primera vez, con una civilización diferente. Algunos, apoyados en la cuestionable teoría de que cualquier materia puede reducirse a dos posturas contrapuestas, afirman que esa cultura es análoga a la humana.

Siguiendo aquella hipótesis, Alden Borzage interpreta la usurpación de la siguiente manera: acostumbrados al combate físico y la lucha armada, los invasores habían planificado un avance bélico sobre los tjwerinos. Pero se sorprendieron ante la actitud apática de sus víctimas, que no se protegían activamente ni se mostraban afectados por las lesiones físicas recibidas. Detrás de esa displicencia hacia el combate los invasores imaginaron un poder inconmensurable, tan superior que se entretenía contemplando la perplejidad del adversario. Pero la realidad, dice Borzage, era más simple e incomprensible. Los tjwerinos no entendían la guerra, no comprendían que las heridas corporales, tan triviales y pasajeras, pudieran ser un instrumento para la conquista de una civilización. Les resultaba inconcebible ver una amputación o un traumatismo como motivo de preocupación, en lugar de entusiasmo y optimismo. Sin embargo, los invasores no advirtieron esa perspectiva, y quisieron alfabetizarlos con cruentas torturas, enseñarles a golpes el universal lenguaje de la guerra. Recién tras largos meses de vanos intentos entendieron que no debían quitarles la ciudad a los tjwerinos, sino los tjwerinos a la ciudad. Ese cambio de objetivo les permitió elaborar un nuevo plan, que acabó con los nativos arrojados fuera de la atmósfera, Rjeburwia reducida a escombros y la consiguiente victoria de los invasores.

Superado ese punto, el final de la obra, según Borzage, puede describirse como cíclico. Los tjwerinos, luego de vagar largamente por el vacío del cosmos, aterrizan en distintos cuerpos celestes y reinician desde ahí, solos o agrupados, la construcción de la ciudad perdida. Pero no todos coinciden con el traductor inglés: muchos creen que aún no poseemos elementos suficientes para analizar esos pasajes del texto; otros conjeturan que los capítulos finales no son más que una alegoría.

Similares divergencias (cuyas ramificaciones exceden este modesto artículo) surgen en torno a otros aspectos del libro, como la ubicación temporal y espacial de los hechos narrados o la fisonomía de los tjwerinos. Hasta el tamaño de las criaturas es motivo de debate: algunos los imaginan altos como un humano, otros con el volumen de una manzana. Pero también hay quienes dicen que son microscópicos, que Niwra no es uno sino todos los planetas y que no hay en el mundo piedra, grano de tierra o arena que no haya pertenecido, alguna vez, a un cuerpo tjwerino.

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