El hombre gris

Él dijo que no creía en cuento de hadas. Olvidó las nubes, los truenos y los vuelos sagrados junto al Grifo. Desmembró las conversaciones cabalgadas con el Centauro e hizo nula la profundidad submarina del nado del Tritón; el calor del Fénix, que había sido manta tantas noches, prontamente fue olvidado con la gradual proximidad de ese verano.

Existía un secreto placer, y un placer por el secreto, que él no podía descifrar. Solo se sentó, como en un cine, y observó, como en una pantalla, el transcurrir de imágenes fantasmales. Disfrutaba, inconscientemente, la evidencia que sus ojos encontraban allí. Y observó, aunque él prefería negarlo, al Grifo desplumado caer desde los cielos, sobre el Centauro derribado con sus patas quebradas; junto a un río de aguas heladas, donde el Tritón desfallecía entumecido. La certidumbre de aquellas imágenes, la muerte de las hadas, eran la certeza tautológica confirmada por los ojos de aquel hombre. Si los faéricos morían, por el destino y el azar, o el rechazo de su olvido; no era una pregunta que él pudiera pronunciar.

En la oscuridad, un pálido haz de luz dirigía lo que debía ser visto; una escena final, donde del Ave solo debían quedar cenizas. Y allí estaban, grises e intangibles, como la proyección lo demandaba. Del fuego solo cenizas, eso fue escrito en el guión, y eso es lo que aquellas imágenes en el cine imaginario certificarían.
El hombre no sabia que hay ciertas aves que nunca pueden ser domesticadas, mucho menos determinadas por la escritura de un guión, o la brillante pero pálida mirada vomitiva del proyector. Con sorpresa aquel hombre observó, un quebrar de las imágenes. Un agujero, color fuego, intensidad sangre; se abría paso desde el centro de la pantalla. El Ave Real, el Fénix, esquivaba la escritura del guión y la forma de las imágenes. El hombre observó al Ave, y al ver los ojos del animal, supo que el Fénix no lo había olvidado. Pudo ver la profundidad, el calor y las cabalgatas. El Ave, que no cede, que renace, Ardió; hizo una reverencia, desplegó sus alas y voló.

Él vio al pájaro alejarse y volar a un rumbo incierto. Aunque quiso, no pudo contener el llanto. Como el hielo seco que quema y se adhiere en la piel, las lágrimas se fijaron al iris de sus ojos. Las Hadas existían, pero nunca para él. Su gélida mirada eternamente encapsulada, observa ahora y solamente, las imágenes solemnes, fantasmas blanco y negro, de aquel noble y solitario, conocido proyector.

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