Dioniso y Ampelo: La delicia del vino



«El primer amor de Dioniso fue un muchacho. Se llamaba Ampelo. Jugaba con el joven dios y los sátiros en las orillas de patolo, en Lidia. Dioniso contemplaba sus largos cabellos sobre el cuello, la luz que emanaba su cuerpo mientras salía del agua. Se ponía celoso cuando lo veía luchar con un sátiro y sus pies se entrelazaban. Entonces quiso ser el único en compartir los juegos de Ampelo. Fueron dos “atletas eróticos”. Se revolcaban por el suelo, y Dioniso se regocijaba cuando Ampelo lo derribaba y se montaba sobre su vientre desnudo. Después se limpiaban el polvo y el sudor de la piel en el río. Inventaban nuevas competiciones. Ampelo vencía siempre. Se coronó con una sarta de serpientes, como veía hacer a su amigo. Y también lo imitaba cuando vestía una túnica manchada. Aprendía a tratar con familiaridad osos, leones y tigres. Dioniso lo animaba, pero una vez lo previno: “No tienes por qué temer a fiera alguna, guárdate sólo de los cuernos del toro despiadado.” 


Cierto día, Dioniso estaba a solas cuando vio una escena que le pareció un presagio. Un dragón cornudo apareció entre las rocas. Llevaba en el lomo un cabrito. Lo arrojo sobre su altar de piedra y hundió un cuerno en su cuerpecillo inerme. En la piedra quedó un charco de sangre. Dioniso observaba y sufría, pero el sufrimiento se mezclaba con una invencible risa, como si su corazón estuviera dividido en dos. Después encontró a Ampelo, y siguieron vagando, siempre de caza. Ampelo se divertía tocando una flauta de caña, y tocaba mal. Pero Dioniso no se cansaba de elogiarlo, porque mientras tanto lo miraba. A veces, Ampelo recordaba la advertencia de Dioniso con respecto al toro, y cada vez le era más incomprensible. Ahora conocía todas las fieras, y todas eran amigas suyas: ¿Por qué debía rehuir al toro? Y un día, mientras se hallaba solo, encontró un toro entre las rocas. Estaba sediento, y le colgaba la lengua. El toro bebió, después miro al muchacho, después eructó, y una baba le asomo por la boca. Ampelo intentó acariciarle los cuernos. Confecciono una fusta de junco y una especie de brida. Apoyó sobre el lomo del toro una piel coloreada y lo montó. Por unos instantes sintió una ebriedad que ninguna fiera le había dado antes. Pero Selene, celosa, lo veía desde arriba y le envió un tábano. El toro, nervioso, comenzó a galopar, escapando de aquel aguijón odioso. Ampelo ya no controlaba a la bestia. Una última sacudida lo arrojo al suelo. Se oyó el seco sonido de su cuello al romperse. El toro lo arrastraba por un cuerno, que se hundía cada vez más en la carne.


Dioniso descubrió a Ampelo ensangrentado en el polvo, pero todavía hermoso. Los silenos, en círculo, iniciaron sus lamentos. Pero Dioniso no podía acompañarlos. Su naturaleza no le permitía las lágrimas. Pensaba que no podría seguir a Ampelo al Hades, porque era inmortal: se prometía matar con su tirso a la estirpe entera de los toros. Eros, que había adoptado el aspecto de un hirsuto sileno, se acercó para consolarlo. Le dijo que la punzada de un amor solo podía curarse con la punzada de otro amor. Y que mirara a otra parte. Cuando cortan una flor, el jardinero planta otra. Sin embargo, Dioniso lloraba por Ampelo. Era la señal de un acontecimiento que cambiaria su naturaleza, y la naturaleza del mundo.




En ese momento Las Horas se apresuraron hacia la casa de Helio. Se prenunciaba una escena nueva en la rueda celeste. Había que consultar las tablas de Harmonia, donde la mano primordial de Fanes había grabado, en su secuencia, los acontecimientos del mundo. Helios las mostró, colgadas de una pared de su casa. Las Horas contemplaban la cuarta tabla: se veía al León y a la Virgen, y a Ganimedes con una copa en la mano. Leyeron la imagen: Ampelo se convertiría en la vid. Aquel que había aportado el llanto al dios que no llora aportaría también delicia al mundo. Entonces Dioniso se recuperó. Cuando la uva nacida del cuerpo de Ampelo estuvo madura, separó los primeros racimos, los estrujó con dulzura entre las manos, con un gesto que parecía conocer desde siempre, y contemplo sus dedos manchados de rojo. Luego los lamió. Pensaba: “Ampelo, tu final demuestra el esplendor de tu cuerpo. Incluso muerto, no has perdido tu color rosado.”


Ningún otro dios, ni siquiera Atenea con su sobrio olivo, y tampoco Deméter con su pan tonificante, tenia en su poder algo que se aproximara a aquel licor. Era justamente lo que le faltaba a la vida, lo que la vida esperaba: La Ebriedad.»

ROBERTO CALASSO: "LAS BODAS DE CADMO Y HARMONÍA".


2 comentarios:

  1. Posiblemente, sea el mejor libro que he leído sobre mitología.
    ¿Cómo empezó todo? Esa es su anáfora continuada, porque no sabe nadie nada acerca de cómo empieza cada mito. Hesíodo sólo esboza, como Plutarco, como Apolodoro. Sólo con Roberto Calasso he tenido la impresión de haber leído verdadera mitología.

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