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19 mayo 2013

A quien está leyéndome



Eres invulnerable. ¿No te han dado
los números que rigen tu destino
certidumbre de polvo? ¿No es acaso
tu irreversible tiempo el de aquel río

en cuyo espejo Heráclito
vio el símbolo de su fugacidad? Te espera el mármol
que no leerás. En él ya están escritos
la fecha, la ciudad y el epitafio.

Sueños del tiempo son también los otros,
no firme bronce ni acendrado oro;
el universo es, como tú, Proteo.

Sombra, irás a la sombra que te aguarda
fatal en el confín de tu jornada;
piensa que de algún modo ya estás muerto.

J. L. Borges

13 mayo 2013

Fragmento de "Sobre héores y tumbas"




Tal vez a nuestra muerte el alma emigra:
a una hormiga,
a un árbol,
a un tigre de Bengala;
mientras nuestro cuerpo se disgrega
entre gusanos
y se filtra en la tierra sin memoria,
para ascender luego por los tallos y las hojas,
y convertirse en heliotropo o yuyo,
y después en alimento del ganado,
y así en sangre anónima y zoológica,
en esqueleto,
en excremento.
Tal vez le toque un destino más horrendo
en el cuerpo de un niño
que un día hará poemas o novelas,
y que en sus oscuras angustias
(sin saberlo)
purgará sus antiguos pecados
de guerrero o criminal,
o revivirá pavores,
el temor de una gacela,
la asquerosa fealdad de comadreja,
su turbia condición de feto, cíclope o lagarto,
su fama de prostituta o pitonisa,
sus remotas soledades,
sus olvidadas cobardías y traiciones.

Ernesto Sabato. Fragmento de "Sobre héores y tumbas"

08 mayo 2013

El buitre


El buitre me picoteaba los pies. Ya me había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos amenazadores alrededor y luego continuaba su obra. Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba al buitre.

-Estoy indefenso –le dije-, vino y empezó a picotearme; lo quise espantar y hasta proyecté torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies; ahora están casi hechos pedazos.
-No se debe atormentar – dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.
-¿Le parece? –pregunté-, ¿quiere encargarse usted del asunto?
-Encantado –dijo el señor-, no tengo más que ir a casa a buscar mi fusil, ¿puede aguantar media hora más?
-No sé –le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después agregué: - por favor, pruebe de todos modos.
-Bueno –dijo el señor-, me apuraré.

El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado vagar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco más lejos, retrocedió para alcanzar el impulso óptimo, y, como un atleta que arroja la jabalina, encajó su pico en mi boca, profundamente.

Al caer de espaldas sentí como una liberación; sentí que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre, irremediablemente, se ahogaba.


Franz Kafka

06 mayo 2013

El Cuerpo Infeliz




-Por qué no bailas y te solazas con nosotros?-, le decían a cierto cuerpo. Y el cuerpo confesó su tribulación. Dijo: «Estoy unido a un alma feroz y violenta que es sobremanera tiránica y no me deja reposo, y me arrastra fuera de las danzas de los míos para hacerme trabajar en su detestable obra, y no me deja hacer las cosas menudas que complacerían a la gente que amo, sino que sólo cuida de agradar a la posteridad cuando haya concluido conmigo entregándome a los gusanos; y entre tanto, hace absurdas demandas de afecto a los que están cerca de mí, y es demasiado orgullosa para apreciarlo cuando se le da menos de lo que pide, así que aquellos que serian bondadosos para mí me odian. -Y el cuerpo infeliz rompió a llorar. 

Y le dijeron: -Ningún cuerpo sensible se cuida de su alma. Un alma es poca cosa y no ha de gobernar a un cuerpo. Tú debes beber y fumar hasta que deje de afligirte. -Pero el cuerpo no hacía más que llorar y decir:

-La mía es un alma espantosa. La he arrojado fuera de mí un rato con la bebida. Mas pronto volverá. ¡Ay, pronto volverá!

- Y el cuerpo fuese a acostar anhelando reposo, porque estaba adormilado por la bebida. Mas cuando el sueño se le acercaba, levantó los ojos, y allí estaba su alma sentada en el alféizar de la ventana, como nebulosa llama de luz, mirando a la calle. 

-Ven -dijo aquel alma tirana- y mira a la calle.
-Necesito dormir. -dijo el cuerpo.
-Pero la calle es una bella cosa -dijo el alma con vehemencia-. Cien personas están soñando en ella.
-Estoy enfermo por falta de descanso. -dijo el cuerpo.
-No importa, -dijo el alma- Hay millones como tu en la tierra, y millones y millones que vendrán. Los sueños de la gente vagan a campo traviesa; cruzan mares y montañas de maravilla, guiándose por sus almas en los intrincados pasos; vienen a los templos de oro que resuenan con miles de campanas; suben empinadas calles que alumbran farolillos de papel, donde las puertas son verdes y pequeñas; conocen el camino de las cámaras de los hechiceros y de los castillos encantados; saben el hechizo que los atrae a las calzadas a través de las montañas de marfil. Si miran a un lado y hacia abajo, contemplan los campos de su juventud, y al otro se extienden las radiantes planicies del futuro. Levántate y escribe lo que sueña la gente.

-¿Qué recompensa hay para mí -preguntó el cuerpo- si escribo lo que me pides?
-No hay recompensa ninguna. -dijo el alma.
-Entonces voy a dormir. -dijo el cuerpo.

Y el alma empezó a susurrar una perezosa canción que cantara un joven en una tierra fabulosa al pasar una ciudad de oro (que guardaban fieros centinelas), y sabía que su mujer estaba en ella, aunque no era todavía más que una niña, y sabía por las profecías que feroces guerras aún no empeñadas en lejanas e ignoradas montañas habrían de rodar sobre él con su polvo y su sed antes de volver de nuevo a aquella ciudad. El joven cantaba al pasar por la puerta, y estaba muerto con su mujer hacía cien años.

-No puedo dormir con esa canción abominable. -gritó el cuerpo al alma.
-Entonces haz lo que se te manda. -replicó el alma. Y cansado el cuerpo, tomó otra vez la pluma. Entonces habló el alma alegremente en tanto que miraba por la ventana.

-Allí hay una montaña que se alza escarpada sobre Londres, en parte de cristal y en parte de niebla. A ella van los soñadores cuando se ha apagado el ruido del tráfico. Al principio apenas pueden soñar a causa del estruendo; pero antes de media noche se para, gira y se va a marea menguante con todos sus naufragios. Entonces, los soñadores se levantan y escalan la montaña fulgurante, y en su cumbre encuentran los galeones del ensueño. De allí navegan unos rumbo a Oriente, otros a Occidente, unos por el Pasado y otros por el Futuro, porque los galeones navegan sobre los años como sobre los espacios; pero casi todos ponen proa al pasado y a las viejas dársenas, porque allá van los suspiros de los hombres y los navíos navegan a su favor, como los mercaderes bajan costeando el África empujados por los perennes vientos alisios. Todavía veo a los galeones levar ancla tras ancla; las estrellas fulguran entre ellos; los navíos deslízanse fuera de la noche; sus proas van resplandecientes hacia el crepúsculo del recuerdo, y la noche pronto queda lejos, una negra nube que cuelga baja, y débilmente salpicada de estrellas, como el puerto y la ribera de una tierra baja vista a lo lejos con las luces de su puerto.

Uno tras otro, el alma, sentada junto a la ventana, relató los sueños. Contó de tropicales selvas vistas por desdichados hombres que no pueden salir de Londres, ni nunca podrán; selvas que hacía de súbito maravillosas el canto de una ave de paso que cruza volando hacia desconocidos lugares y cantando un canto desconocido. Vio a los viejos bailando ligeramente al son de los pífanos de los elfos hermosas danzas con vírgenes quiméricas, toda la noche, sobre montañas imaginarias, a la luz de la luna; oía a lo lejos la música de rutilantes primaveras; vio la hermosura de las yemas del manzano caídas acaso hacía treinta años; oyó viejas voces, viejas lágrimas tornaban brillando; la Leyenda sentábase encapotada y coronada sobre las lomas del sur, y el alma la conoció.

Uno a uno contó los sueños de todos los que dormían en aquella calle. A veces deteníase para denostar al cuerpo porque trabajaba mal y perezosamente. Sus ateridos dedos escribían tan veloces como podían, pero el alma no reparaba en ello. Y así transcurrió la noche, hasta que oyó el alma tintinear por el cielo de Oriente las pisadas de la mañana.

-Mira ahora -dijo el alma- la alborada que temen los soñadores. Comienzan a palidecer las velas luminosas de los galeones insumergibles; los marineros que los gobiernan tornan al mito y la fábula; la marea del tráfico vuelve ahora a subir, y va escondiendo sus pálidos naufragios, y viene por oleadas con su tumulto a la pleamar. Ya los destellos del sol flamean en los golfos tras el Oriente del mundo; los dioses lo han visto desde el palacio crepuscular que han levantado sobre el amanecer; calientan las manos a su llama cuando fluye por sus arcos resplandecientes antes de tocar el mundo; allí están todos los dioses que han sido y todos los dioses que serán; siéntanse allí a la mañana, cantando y alabando al Hombre.

-Estoy entumecido y helado por falta de sueño. -dijo el cuerpo.

-Tendrás siglos para dormir -repuso el alma-, pero no puedes dormir ahora, porque he visto hondas praderas con flores de púrpura llameando altas y extrañas sobre el brillante césped; rebaños de puros y blancos unicornios que retozan alegres, y un río que corre con un reluciente galeón en él, todo de oro, que va de una tierra desconocida a una ignorada isla del mar, para llevar una canción de un hijo del Rey de las Cumbres a la Reina de la Lontananza.

-Yo te cantaré este canto, y tú has de escribirlo.
-He trabajado años y años para ti, -dijo el cuerpo- Dame ahora siquiera una noche de descanso, porque estoy fatigado.
-¡Oh, vete y descansa! Estoy harta de ti. Me voy. -dijo el alma.

Elevóse y partió no sabemos adónde. Pero al cuerpo lo colocaron en la tierra, y a la media noche siguiente los espectros de los muertos vinieron desde sus tumbas para felicitar al cuerpo.

-Aquí eres libre, ya lo sabes. -dijeron a su nuevo compañero. 
-Ya puedo descansar. -dijo el cuerpo.


Lord Dunsany (1878-1957)

04 mayo 2013

Atalanta: la derrota por la victoria




No solo es cierto que, en ocasiones, cuando perdemos en realidad estamos ganando algo; pero pocas veces se ha razonado que para vencer hay que buscar abiertamente la derrota. 

Atalanta era una cazadora que había jurado fidelidad a la diosa Artemisa. Su manejo del arco era impecable; así como su postura frente a la libertad, a tal punto que se la considera una de las precursoras míticas del feminismo. 
El padre de Atalanta deseaba tener únicamente hijos varones. Despreciaba a la mujer, salvo en su rol de madre. Por eso cuando nació Atalanta la abandonó a morir de frío en la cima del monte Partenio. Sin embargo, la niña consiguió sobrevivir gracias a la leche inesperada de una osa, que la cuidó y amamantó como si fuese su cachorro, hasta que un grupo de cazadores la encontraron y decidieron adoptarla.
Con los años Atalanta se convirtió en una mujer hermosa, ágil y muy fuerte. Decidió que nunca se casaría. Más aún, que se mantendría virgen para consagrarse por completo a Artemisa. Su afecto por la diosa era tan grande que procuraba imitarla en todo lo que le permitía su condición de mortal. Precisamente por eso Atalanta se recluyó en los bosques para vivir de lo que cazaba, lejos de los hombres y su sociedad.

Las hazañas de Atalanta fueron conocidas en toda Grecia. Por ejemplo, cazó centauros, jabalíes intraterrenos, monstruos bicéfalos, etc. Pero extrañamente su victoria más memorable fue consecuencia de una derrota. Acosada por docenas de pretendientes, Atalanta -ya cansada de matarlos en la espesura- anunció que se casaría con el hombre que lograra vencerla en una carrera, y que, caso contrario, si ella resultaba triunfadora, el oponente debía morir. La velocidad de Atalanta era tal que a veces concedía varios kilometros de ventaja, y siempre terminaba vencedora. 

Cierto día apareció un muchacho llamado Hipómenes, determinado a quedarse con la virginidad de Atalanta. Anteriormente había pensado un ardid, por el cual le había solicitado a Afrodita sus manzanas de oro; y ella, que odiaba muchas cosas pero sobre todo a las vírgenes pues éstas desprecian el amor; decidió ayudarlo en su estrategia. La carrera comenzó. Atalanta advirtió que su oponente no era como los demás, y decidió que no le daría ventaja. Cada vez que estaba a punto de alcanzarlo Hipómenes dejaba caer una manzanas de oro, que Atalanta incomprensiblemente se detenía a recoger. Estas distracciones la retrasaron tanto que perdió la carrera. Días después Atalanta cumplió su promesa en un santuario de Cibeles.

El mito de Atalanta se entiende mejor si naturalizamos sus intenciones. No podemos pensar que realmente una doncella imbatible, amante de los bosques, que se alimenta de carne y raíces y se viste con los cueros ensangrentaados de los animales que caza, se vería tentada a perder una carrera a causa de frívolas esferas de oro. El orgullo de quien advierte que sus valores comienzan a desestabilizarse es también el que obliga a su impostura. La verdad es que Atalanta amó a Hipómenes antes de empezar a correr, quizás cuando vio sus ojos y decidió que aquel día, para ganar, era imprescindible perder.


"Atalanta e Hipómenes: la derrota por la victoria" de "El Espejo Gótico"