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14 diciembre 2011

Narciso, un recorrido literario


"Todas las mañanas el astro del mundo cuando se levanta reflejándose en las ondas cree muy asombrado ver otro sol."
Tristan I Hermite


El episodio de Narciso es uno de los más bellos, desde el punto de vista estrictamente literario. Ovidio fue el primero en combinar las historias de Eco y Narciso, y relacionarla de manera indisociable con la anterior historia del vidente-ciego Tiresias. En el libro Cuerpo y Tiempo, José Jiménez nos comenta: "si peligroso es mirar de frente a la divinidad, no menos nocivo puede resultar fijar nuestra mirada en el espejo incierto del agua". La historia de Narciso, entre otras cosas habla de la cercanía entre la adivinación y la imagen. De la dificultad y el anhelo con que los humanos buscamos algo estable, una huella de identidad, aun en lo que cambia permanentemente y nos engaña. A medida que nos adentramos en el recorrido de lectura propuesto por Ovidio, una "densa melancolía" va apoderándonos. Lo sintético y ajustado de las frases, como el juego de voces y la repetición quebrada de Eco, intensifica dramáticamente la idea de lo inaprehensible del objeto deseado. Teniendo en cuenta a Lévi Strauss, que opinaba que uno de los rasgos distintivos de los mitos es la "variación serial", otra versión, en este caso de Calímaco, atribuye la ceguera de Tiresias a la imposición de manos de Atenea sobre sus ojos por haberla contemplado desnuda mientras se bañaba, concediéndole luego, en compensación, el don de la videncia.

La madre de Narciso, la ninfa azul Liríope ("la que tiene forma de lirio"), consultó al mismo Tiresias si su hijo tendría larga vida, ya que su nacimiento había sido marcado por el carácter tortuoso de las aguas: la ninfa Liríope había sido violada por el dios fluvial Cefiso. La respuesta de Tiresias (el mismo que le revela a Edipo su tragedia) fue: "Narciso vivirá hasta ser muy viejo con tal que nunca se conozca a sí mismo". Este "enigma" que nos recuerda al del oráculo de Delfos: "conócete a tí mismo", establece una polaridad entre el proceso adivinatorio y Narciso. La videncia del ciego Tiresias se contrapone a una fijeza hipnótica en la imagen, cuya fuerza como la mirada del dios, puede destruirnos. Es entonces cuando comienza la historia propiamente dicha de Narciso.

21 julio 2011

El velo de la reina Mab


La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre un rayo de sol, se coló por la ventana de una buhardilla donde estaban cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como unos desdichados.

Por aquel tiempo las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A unos habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas cajas del comercio; a otros, unas espigas maravillosas que al desgranarlas colmaban las trojes de riqueza; a otros, unos cristales que hacían ver en el riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a quiénes, cabelleras espesas y músculos de Goliat y mazas enormes para machacar el hierro encendido, y a quiénes, talones fuertes y piernas ágiles para montar en las rápidas caballerías que se beben el viento y que tienden las crines en la carrera.

Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una cantera, al otro el iris, al otro el ritmo, al otro el cielo azul.

La reina Mab oyó sus palabras. Decía el primero:

07 julio 2011

Quince cartas de un tarot vampírico


0.
El Loco

—¿Qué es lo que quieres?
El joven llevaba ya un mes visitando el cementerio cada noche. Había visto cómo la cruda luz de la luna bañaba el frío granito, el mármol virginal, las viejas estatuas y las lápidas cubiertas de musgo. Las sombras y los búhos le habían sobresaltado muchas veces. Había visto a parejas retozando, borrachos y adolescentes que buscaban nerviosos el camino más corto: toda la gente que frecuentaba de noche aquel cementerio.
Solía pasarse el día durmiendo. A nadie le importaba. Por las noches deambulaba solo por ahí, muerto de frío. Vino a su encuentro cuando se hallaba al borde de un precipicio.
La voz parecía salir de la noche misma, y resonaba dentro de su cabeza y también en el exterior.
—¿Qué es lo que quieres? —repitió.
Se preguntaba si tendría el valor de volverse a mirar, y comprendió que no lo tenía.
—¿Y bien? Vienes aquí todas las noches, a un lugar en el que los vivos no son bienvenidos. Te he visto. ¿Por qué?
—Quería conocerte —respondió sin mirar—. Quiero vivir eternamente.
La voz del joven se quebró al pronunciar estas últimas palabras.
Había saltado desde el precipicio. Ya no había vuelta atrás. En su imaginación, aún podía sentir en el cuello la punzada de unos colmillos afilados como estiletes, un incisivo preludio de la vida eterna.
Comenzó a oír un sonido. Era grave y triste, como el rumor de un río subterráneo. Tardó un rato en darse cuenta de que se trataba de una risa.
—Esto no es vida —dijo la voz.
Ya no volvió a hablar y, al cabo de unos segundos, el joven supo que volvía a estar solo en el cementerio.


1.

El Mago

Le preguntaron al criado de Saint Germain si era verdad que su amo tenía mil años, tal como se rumoreaba que él mismo había proclamado.
—¿Y cómo voy a saberlo? —replicó el hombre—. Yo sólo llevo trescientos años a su servicio.

31 mayo 2011

El paso de los elfos


Los Elfos llegaron con la noche, atravesaron la comarca portando diminutas antorchas azules, y cantando canciones que (luego lo supimos) sólo eran entonadas por sus hermosas mujeres. Al principio no nos atrevimos a salir al descubierto, ya que habíamos oído horribles historias sobre los Elfos Oscuros, pero a decir verdad, las melodías llenaban el corazón de paz y confianza, por lo que, algunos de nosotros, salimos a ver de que se trataba aquella extraña prosesión.

Curiosamente, los elfos no nos veían, o simulaban no vernos, o tal vez simplemente nos ignoraban. Lo cierto es que vimos filas y filas de elfos: los hombres marchaban a los flancos, en silencio, y las mujeres, tomadas del brazo, avanzaban con aquella dulce música brotando como hermosas flores de los labios.

Así pasaron, atravesaron el pueblo dirigiéndose hacia el Bosque de Trillot. Cuando pensamos que ya todos los elfos habían pasado, vimos que una anciana venía siguiendo el camino de los elfos, aunque no poseía la belleza de las damas élficas.

Cuando pasó frente a nosotros dijo:
-Huíd, hombres de corazón puro! La belleza pronto será llamada Leyenda, y llegará el tiempo en que los hombres no podrán advertir la presencia de los elfos, ni siquiera cuando sus pasos marchen frente a sus puertas.

Diciendo esto, la anciana siguió su camino, aunque esa misma noche, muchos hombres de la comarca aseguraron no haber visto nada.


Leyendas Gaélicas, Marie Ann Beaumont, 1899.